Psicoanalista miembro del FARP y de la EPFCL. Becario de investigación UBACyT. Docente de la Facultad de Psicología UBA.
ENTREVISTA A PABLO MAURETTE: LO HÁPTICO, UNA FORMA DE VER TÁCTIL
Nadie Duerma #6 / / 8 junio, 2016

Foto: Alejandro Chaskielberg - Floating House
Entrevista a Pablo Maurette, por Matías Laje, editor de ND. Maurette, autor de El sentido olvidado: ensayo sobre el tacto, nos sorprende con un renovado paradigma perceptivo y conceptual: lo háptico, como una forma de ver táctil para orientarse en la contemporaneidad.
¿Qué aporta la noción de "lo háptico" a una teoría de los afectos?
La noción de “lo háptico” es relativamente nueva. Surge en la historia del arte a fines del siglo XIX y da cuenta de una especie de sinestesia entre los sentidos de la vista y el tacto. Según Riegl, Worringer, Berenson y otros historiadores del arte, hay obras de arte que, si bien son apreciadas mediante la vista, su textura, su espacialidad y su lógica interna apelan al sentido del tacto. En sus escritos sobre cine, así como en su ensayo sobre Bacon, Deleuze recupera esta noción y ve en ella una salida a la dicotomía vista-tacto. Lo háptico es, por decirlo de alguna manera, una forma de ver táctil, o una forma de tocar con los ojos. O sea que, desde sus orígenes, la noción aspira a reflejar la complejidad del que quizás sea el sentido más multifacético de todos, el tacto.
Es a fines del siglo XX, y en esta década y media del XXI, que el campo semántico de lo háptico se empieza a expandir para incluir otras variedades de la vastísima experiencia táctil. La exterocepción, desde luego, que sería el tacto en sentido estricto entendido como contacto entre una superficie sensible y otra que puede ser sensible o insensible. Pero también la intracepción, que es la sensación del interior del cuerpo, la cinestesia, o sensación de movimiento del cuerpo, aceleración y desaceleración, y el sentido vestibular, gracias al cual logramos y percibimos el equilibrio del cuerpo. Por último está la que quizás sea la facultad más esquiva de todas: la propiocepción, que es la percepción que tenemos de las partes del cuerpo en relación unas con las otras: aquello que nos permite cerrar los ojos y juntar las manos, o tocarnos la nariz, etcétera.
La propiocepción es algo tan automático que es prácticamente imposible de percibir de manera aislada, pero, al igual que las facultades anteriores, es de naturaleza afectiva. Afecto refiere a todo movimiento que genera un cambio en un cuerpo sensible, a toda perturbación, a toda alteración. Por eso propongo en El sentido olvidado que la capacidad afectiva, que es activa y pasiva a la vez, es el núcleo profundo de lo háptico. El origen mismo de lo afectivo acaso sea aún más inasible que la propiocepción misma. Está basado en la sensación del cuerpo propio, del mismísimo estar vivo, es tan sutil que es imperceptible, pero está ahí, como fundamento de toda percepción. O sea que la afectividad es hapticidad porque los afectos consisten en un tocar y ser tocado, no en el sentido literal del tocar epidérmico, superficial, pero tampoco en un sentido metafórico. Esto se confirma fácilmente en casos de emoción profunda. Cuando nos conmueve una imagen, una palabra, un sonido se produce un movimiento, algo retumba en el interior del cuerpo y reverbera desde los pies hasta la cabeza: se nos revuelve el estómago, se nos llenan los ojos de lágrimas, nos atoramos de congoja, se nos pone la piel de gallina, etcétera.
¿Qué valor puede tener lo háptico para producir un rumbo en lo contemporáneo?
Bueno, por ejemplo, en la tecnología informática lo háptico tiene gran relevancia. De hecho mucha gente asocia la palabra fundamentalmente con el mundo cibernético. El desarrollo de interfaces táctiles, touchscreens que generan diferentes sensaciones al tacto, feedback de texturas virtuales, dispositivos de teletactilidad, de realidad virtual, de tacto remoto, avanza día a día. También en los últimos diez o quince años, en los museos, hay cada vez más exposiciones curadas y diseñadas para ser apreciadas en forma háptica. En principio, eran pensadas para ciegos, pero hoy hay muchos artistas cuyas obras invitan ya bien al tacto en sentido estricto, o a lo háptico. Pienso en algunas instalaciones de Anish Kapoor, como el Leviatán, en la obra plástica de Ella Clocksin, y también, ¿por qué no?, en las puestas de Romeo Castellucci, el mejor director de teatro vivo, en mi opinión.
Se ha hablado mucho de la era de la tecnología como una era de la imagen, de la distancia, del aislamiento y de la pérdida del contacto humano. Quizás haya algo de cierto en esto, no lo sé. Pero lo cierto es que la afectividad, el núcleo háptico del ser humano, es algo que no se puede perder, ni olvidar. Mientras estamos vivos, ahí está, como una especie de motor inmóvil, imperceptible, pero a la vez condición de toda percepción y de toda sensibilidad. Por eso es que me interesa la idea de lo háptico y creo que puede abrir rumbos en la manera de pensar los sentidos, los afectos, la distancia, la cercanía, la masividad, la realidad virtual, etcétera. Como suele suceder, la tecnología marca el rumbo y la teoría la sigue un par de pasos atrás. El búho de Minerva alza el vuelo a la hora del crepúsculo, decía Hegel. Es difícil pensar un fenómeno mientras está sucediendo de modo que creo que a las generaciones venideras les resultará más claro el grado de importancia y las consecuencias de la revolución tecnológica en la que estamos inmersos nosotros.
Ya que estamos con el rumbo, que es el rombo, Lacan se sirvió del losange ◊ para formalizar una multiplicidad de operaciones que incluyen las relaciones de mayor, menor, conjunción y disyunción a la vez. Le das a esta forma una especial atención. ¿Qué encontraste en el losange y en el quincunx, como lo llamás en tu libro?
No sabía lo de Lacan, qué interesante. El quincunx aparece en algunos autores clásicos latinos, como Virgilio y Quintiliano, como figura geométrica particularmente armoniosa, y también como una de las mejores disposiciones para sembrar árboles o arbustos. En el Renacimiento, Benoît de Court primero y Giambattista della Porta después, rescatan la figura en sus obras sobre jardinería y horticultura. De allí es que saca la figura Thomas Browne, una de las mentes más brillantes de la modernidad temprana, y en 1658 publica un tratado sobre el quincunx titulado El jardín de Ciro. Claro que, en la visión de Browne, el quincunx es mucho más que una disposición para sembrar jardines.
El quincunx, una estructura omnipresente, ubicua; es el tejido físico y metafísico de todo lo que existe. Browne ve el quincunx, esta continuidad de rombos, en todos los objetos hechos por el hombre (desde tejidos, muebles y ventanas, hasta el plano de las ciudades y la formación de los ejércitos en el campo de batalla), en plantas y animales (la piel humana es uno de sus ejemplos predilectos) y en la disposición de los planetas: es la textura misma de lo real. Sin duda, hay algo obsesivo, paranoico incluso, en esta fijación, pero lo interesante del quincunx para Browne es que demuestra la continuidad entre naturaleza y artificio. Para mí lo más sugestivo del quincunx es que, de un lado, ilustra una necesidad humana impostergable que es la de separar, compartimentalizar y ordenar el conocimiento, y la percepción en general, de manera racional, simétrica, práctica, previsible. Mientras que, del otro, pone en evidencia el abismo inasible e inabarcable que yace más allá, todo lo que jamás lograremos conocer, el gran misterio. A través de los agujeros de la urdimbre epistémica que representa el quincunx se asoma el océano interminable de nuestra ignorancia. El quincunx es una red que, llenos de asombro, miedo y esperanza, arrojamos al infinito.
Al final de tu libro situás la invención del inconsciente como un punto de llegada de la historia de las sensaciones y las superficies en Occidente. ¿Cómo pensás esto?
Sí, el último ensayo del libro trata sobre el tema de la piel en dos contextos históricos muy distintos, pero con sensibilidades culturales profundamente afines: el Renacimiento y el modernismo, ambos entendidos en sentido amplio. Tanto en uno como en el otro se percibe una renovada fascinación con las superficies e incluso un intento de trastocar esa idea enquistada en la tradición occidental de que las apariencias y las superficies son apenas un portal que hay que traspasar para llegar a un núcleo interior verdadero (el alma, por ejemplo). En ambos períodos hay un marcado interés por las formas (los numerosos tratados sobre forma poética en el Renacimiento, los estudios pioneros de los formalistas rusos, de De Saussure, etcétera, en el modernismo, por poner un ejemplo), por las superficies (el arte renacentista recupera el desnudo, el modernismo empieza a explotar el potencial artístico de la fotografía e inventa el cine) y, curiosamente, por la piel humana.
Los anatomistas del siglo XVI descubren la complejidad y la organicidad del sistema tegumentario e inauguran el estudio de la piel como órgano. A fines del siglo XIX se produce la explosión de la dermatología como especialidad fundamental de la medicina. Esto sucede en París y, sobre todo, en Viena. Los estudios de Škoda, Rokytanský y Von Hebra en el Hospital General de Viena son absolutamente cruciales en la historia de la dermatología moderna. El principal heredero de esta tradición es Heinrich Auspitz. Freud trabajó durante unos cuatro años a metros de Auspitz. En los ensayos sobre la teoría sexual de 1905, la piel es presentada como zona erógena por excelencia; y El chiste y su relación con el inconsciente es del mismo año, aunque Freud ya había explorado esto en La interpretación de los sueños unos años antes. La investigación del inconsciente a través de sueños, chistes, actos fallidos, etcétera, tiene como principal objetivo hacer salir a la superficie algo que está enterrado, o sumergido. Todo lo que está escondido debe salir a la luz: muy edípico, ¿no? En este sentido, el psicoanálisis es la exploración de superficies olvidadas, negadas, perdidas en las profundidades de la psiquis. Los anatomistas del Renacimiento, cuando empiezan a estudiar la piel, encuentran que debajo de cada capa hay otra capa y que el hombre es como una cebolla; muchos se esfuerzan por encontrar la sede del alma en el cuerpo. A fin de cuentas descubren que no hay sino capas y más capas. Salvando las distancias obvias, el psicoanálisis no es muy distinto en su metodología, me parece.
El quincunx de Quintiliano
Pablo Maurette, (Buenos Aires, 1979) es escritor, guionista cinematográfico y profesor de literatura. Luego de terminar su licenciatura en filosofía en la Universidad de Buenos Aires, hizo un Master en Estudios Bizantinos en la Universidad de Londres y se doctoró en Literatura Comparada en la Universidad de Carolina del Norte, Chapel Hill. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas, editado libros y colaborado en la Revista Ñ y ADN Cultura. En 2015 publicó su primer libro de ensayos, "El sentido olvidado: ensayos sobre el tacto" (Mardulce Editora). Desde 2013 es profesor en la Universidad de Chicago.
Es autor de El sentido olvidado. Ensayo sobre el tacto y del estudio introductorio que acompaña la reciente publicación de La religión de un médico, de Thomas Browne (Fondo de Cultura Económica, 2016).